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¿En qué se parece la pandemia actual a las epidemias de la historia?

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¿En qué se parece la pandemia actual a las epidemias de la historia?

¿En qué se parece la pandemia actual a las epidemias de la historia?

Asustados, desconcertados, somos protagonistas de una crisis inédita, que dejará su huella en la memoria social y marcará hasta el fin de nuestros días nuestro sentido de la seguridad. Pero la causa de esta desazón, la pandemia por Covid-19 que sumergió al mundo en una pesadilla inesperada, tiene muchísimos antecedentes en la historia de la humanidad y también, en el pasado de nuestro país.

Maximiliano Fiquepro

Una apasionante investigación realizada por el historiador Maximiliano Fiquepron y premiada por la Asociación Argentina de Investigadores en Historia acaba de publicarse en el libro “Morir en las grandes pestes. Las epidemias de fiebre amarilla y cólera en la Buenos Aires del siglo XIX” (Siglo XXI). En ella, el autor recorre la experiencia completa de las dos epidemias que más marcaron la historia argentina, desde las sensaciones de la gente común, hasta el progreso que dejaron como saldo en materia de políticas sanitarias y sociales.

«En general la diseminación de una nueva enfermedad está asociada a los traslados y dinámicas que producen otros procesos, como las redes comerciales, la anexión de territorios, la deforestación en busca de recursos», relata el historiador en una entrevista con la revista Noticias. «En el caso del cólera, todas las pandemias mundiales tuvieron su inicio en la India. En cuanto a la fiebre amarilla tiene un origen más lejano, posiblemente producto de la dinámica de la conquista de América, en el siglo XV, y de la ruta atlántica del comercio de esclavos. En ese triángulo cuyos vértices eran las ciudades puerto de Europa, la costa atlántica de África y las colonias americanas, se forjó la expansión de este virus tan particular. Para mediados del siglo XIX era usual que un médico estuviera anoticiado de estas enfermedades, y tuviera un repertorio de medidas con las cuales evitar su propagación. Incluso la población tenía recuerdos de epidemias pasadas, que operaban como un reservorio de prácticas y saberes populares, una suerte de guión cultural con el cual sobrellevar estos eventos tan traumáticos».

Las grandes ciudades eran siempre las más castigadas por las pestes

«La aglomeración y circulación de personas, la densidad de habitantes que una ciudad posee, hace que las enfermedades infecciosas puedan diseminarse a una velocidad que en otros contextos y escenarios no podrían. Jared Diamond menciona en su libro “Armas, gérmenes y acero” que enfermedades contagiosas como la viruela, la gripe, la tuberculosis, la malaria, la peste bubónica, el sarampión y el cólera evolucionaron a partir de enfermedades de los animales, domesticados para abastecer a las sociedades sedentarias, que tienen en la ciudad su expresión más compleja y sofisticada», cuenta el historiador

«En 1871, los casos de fiebre amarilla comienzan el 28 de enero, y el último caso se registra a finales de junio de ese año. Es decir, cinco meses. En el cólera de 1867-1868, comienzan en noviembre y finalizan en febrero, cuatro meses. Ambas enfermedades llegan hacia 1856 a nuestro país y será recién hacia principios del siglo XX que se las considere enfermedades controladas. Hasta entonces, y durante todas esas décadas, la aparición de algunos casos dudosos o la noticia de que ciudades cercanas (como Río de Janeiro o Montevideo, por ejemplo) tuvieran casos, hacía sonar la alarma en los medios de comunicación y en los organismos del Estado, para combatir estos enemigos recurrentes «, explica Fiquepron.

Aislamiento: una solución

Fiquepron comenta que «aislar, separar lo insano, fue siempre una medida que se tomó en casi todas las culturas. En algunas regiones y períodos históricos las medidas de aislamiento se realizaron con mayor protagonismo de los gobiernos, que dirigían ese proceso. En otros casos, esto se produce por la propia dinámica de la epidemia. En general las ciudades se aislaban, las comunicaciones se cortaban y luego, cuando los casos se reducían, volvía la vida social y comunitaria habitual. Otra respuesta muy frecuente era el aislamiento de los enfermos en lazaretos, la sanción de medidas de vigilancia en zonas consideradas “focos de infección” de la ciudad y el aumento en los controles sobre la venta de productos comestibles que podrían expandir la epidemia (frutas, verduras, carne). También la población solía escapar de la ciudad, hacia pueblos y zonas cercanas».

«En general la pobreza y la precariedad se asocian a mayores posibilidades de enfermar y morir. Los sectores sociales más encumbrados, en cambio, tienen mayores recursos materiales y simbólicos para enfrentar las dificultades que la mayoría de la población no puede. Pero la llegada de una epidemia corroe este universo de expectativas y vuelve posible lo que antes era impensado: que los reyes mueran de la misma enfermedad que los mendigos. También, hay que decirlo, si analizamos los datos estadísticos, es evidente que morían más pobres que ricos. Pero es esta posibilidad que se inaugura con la llegada de las epidemias, la de enfermar y morir por cólera, fiebre amarilla, o incluso actualmente con el COVID-19, lo que produce este efecto “democratizador” de las epidemias. En otras palabras, no es que en las epidemias mueran por igual “ricos y pobres” sino que la enfermedad vulnera una suerte de escudo social y simbólico que los sectores sociales más encumbrados poseen», agrega.

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